“Por primera vez nos han tratado como lo que somos, víctimas”

El 22 de agosto de 1936, Juan Ro­dríguez Tirado observa por última vez la fachada de su casa en Carmo­na (Sevilla). Va subido en un camión destartalado, camino del cementerio. Conducen las tropas franquistas. Juan, al que llaman “el Cubero”, lleva ya un tiempo encerrado en la “casilla”, una suerte de cárcel donde se han amontonado las ilusiones de muchos de sus vecinos, desde que hace exactamente un mes las tropas del general Franco entraran en el pueblo. En sus últimos minutos de vida piensa en sus hijos, Enrique y Pas­cual, que decidieron defender el pueblo junto a compañeros de la CNT. Los dos huyeron hacia Madrid. Hoy no sabe nada de ellos. Y ya nunca los volverá a ver. Esa noche, un disparo acabará con su vida junto a la tapia del camposanto.

El 5 de diciembre de 2013 Paqui Maqueda Fernández va subida en un taxi en Buenos Aires (Argentina). Se dirige a los tribunales de la ciudad, tras haber viajado desde su Carmona natal. Va emocionada, recibiendo los ánimos de los bonae­renses. “Noso­tros buscamos a los asesinos de la dictadura hasta debajo de las camas, mucha suerte”, le dice el taxista. Cuando llegan a su destino, Paqui cruza el umbral de la justicia y, una vez dentro denuncia alto y claro la desaparición y muerte de su bisabuelo: Juan Rodríguez Tirado, hace ya 77 años.

“Para mí, decir en alto el nombre de mi bisabuelo en sede judicial ha sido muy emocionante”, asegura Paqui. Ella ha sido una de las últimas querellantes en cruzar el charco para denunciar los crímenes del franquismo en la conocida como “querella argentina”, una macrodenuncia que un grupo de asociaciones de víctimas del franquismo ha llevado hasta la jueza María Romilda Servini de Cubría. Junto a Paqui declararon trece víctimas más en el que ha sido el segundo viaje hasta tierras porteñas de la comitiva española de querellantes. Un viaje que cubrió todas sus expectativas. “Por primera vez me han tratado como lo que soy, una víctima. He estado muy bien cuidada en contraposición al maltrato institucional que hemos vivido en España”, asegura Paqui, quien llevó su causa familiar hasta la Audiencia Nacional en 2007.

De la boca de esta sevillana, que lleva diez años de archivo en archivo luchando por la recuperación de la memoria histórica de su familia, no sólo salió el nombre de su bisabuelo. Paqui denunció también el sufrimiento en la cárcel y en campos de concentración de sus tios abuelos Enrique y José, y la muerte de su tío abuelo Pascual “simplemente por defender un sistema legítimo como era la República”. “También denuncié la incautación de la casa familiar y la desaparición de mi hermano mayor, que creemos que fue robado después de que mi madre diera a luz ”, añade. Y su declaración no se quedó ahí. “Como vicepresidenta de la asociación andaluza Memoria Histórica y Justicia llevé una lista con 22.000 nombres de andaluces y extremeños, víctimas todos del franquismo y denuncié también la existencia de cinco fosas comunes en Andalucía”.

“La importancia de la Querella Argentina es que debe ser el Núremberg de la dictadura franquista” Como la de Paqui, las mochilas de las víctimas iban cargadas de historias. Con un conjunto de casos individuales, lo que persiguen las asociaciones es una justicia global. “No queremos una justicia individual. Es una cuestión de dignidad histórica, de justicia colectiva”, reconoce Jesús Rodríguez Barrios, otro de los querellantes, miembro de la asociación de presos del franquismo La Comuna. “La importancia de la querella argentina es que debe ser el Núremberg de la dictadura franquista para acabar para siempre con el negacionismo histórico”, recalca.

A Jesús fueron a buscarle a la puerta de su casa por militar en un partido de izquierdas el 16  de abril de 1975. “Fui detenido a tiros”, concluye. Después de esto fue conducido a la Dirección General de Segu­ridad donde le sometieron a sucesivos interrogatorios. “Sólo me pegaron lo normal”, afirma. Final­mente, el juez le procesó por asociación ilegal y acabó pasando dos meses en la cárcel de Carabanchel.

Sin bajar los brazos

Acudir a la justicia argentina no fue la primera opción para muchas de las víctimas. Algunas lo intentaron en España, pero poco consiguieron, tal y como explica Soledad Luque, querellante y presidenta de la asociación Todos Los Niños Robados Son También Mis Niños, que busca a su hermano mellizo, Francisco, dado por muerto al nacer en 1965. “Yo en España denuncié y la fiscalía archivó mi denuncia”, explica Soledad, quien se sintió en Argentina “como en casa”. “En España hay una ‘revictimización’, tienes que justificar por qué eres una víctima. Allí están más sensibilizados con todos los crímenes de la dictadura y en concreto también con los bebés robados”, explica.

Soledad describe la querella como una “macrocausa” donde se recoge toda la tipología de crímenes que se produjeron durante el franquismo. “El robo de bebés se produjo porque había una situación de impunidad amparada por la dictadura. En la primera etapa, robaron bebés a mujeres republicanas. Después fueron a por las familias humildes, que es nuestro caso”. Soledad cuenta orgullosa que tuvo una pequeña audiencia con la jueza Servini en la que tuvo la oportunidad de enseñarle toda la documentación recabada durante estos tres años de búsqueda. “Me vine a España con unas palabras que me dijo la jueza: ‘Menudo trabajazo, se nota que había mucha energía puesta’”, cuenta orgullosa. Y también se ha traído un mensaje que le transmitió Estela de Carlotto, presidenta de la organización Abue­las de Plaza de Mayo. “Me dijo que no bajara los brazos, y no lo voy a hacer”. Ni ella, ni ninguna de las víctimas que hoy miran a Ar­gentina como una ventana a la tan ansiada justicia.

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