Cambios, topes e invariantes

"Me he perdido la revolución digital, todos los nuevos soportes y dispositivos, todo el periodismo en internet". La cita es de Teresa Toda, subdirectora del periódico Egin, a su salida de prisión el pasado 27 de noviembre. Dentro quedan aún los miembros del consejo de administración. Dos semanas antes de esta excarcelación, la Audiencia Nacional decretaba la clausura del portal Ateak Ireki, una web navarra que había desbordado sus contornos abertzales iniciales para dar cabida al creciente abanico de protestas de mayor calado social. Así, el reciente cierre del sucesor de apurtu.org –web centrada en la difusión de breves videos de contenido antirrepresivo, también clausurada en enero de 2011 y por el que fue encarcelado su coordinador–, recordaba que, pese a los cambios de formato sufridos en estos últimos quince años, sobre el ejercicio de la actividad informativa cuelga la invariante de la represión.

Tras aquel 1998 del cierre policial del rotativo vasco, la irrupción de internet, tras la extensión de las líneas de ADSL a comienzos de este milenio, propició un optimismo tecnológico que hizo posible la extensión de iniciativas activistas en la red –como los distintos Indymedia surgidos de los entornos antiglobalización– centradas aun en la vieja premisa contrainformativa de que el ­acceso a la información generaría un aumento de la conciencia de cambio social. Las movilizaciones de protesta durante la jornada de reflexión del 13 de marzo de 2004 y su leyenda del “pásalo” abonarían la creencia de las bondades para la movilización social del uso del SMS como medio para la convocatoria. La convulsión del 15M de 2011 y la reproducción viral de las movilizaciones catapultaron la lectura de las exitosas oportunidades para la emancipación social que brindaban nuevos gadgets, que aunaban las posibilidades de la red con las de la telefonía móvil.

La propuesta militante

Pero al contrario de lo que la línea de progreso del optimismo tecnológico afirmaba, la profusión de nuevos dispositivos ha llevado hasta la caricatura la buscada tendencia a la miniaturización de la información –cuya plantilla base sigue siendo el tope de 160 caracteres por mensaje establecidos por el SMS–, lo que ha elevado a norma el ejercicio de la irresponsabilidad y la frivolidad. Las propiedades físicas de las pantallas de las computadoras –que posibilitan una lectura comprensiva con un tope máximo de 3.500 caracteres– junto con la tentación continua que posibilita la red para la disrupción vía hipertexto, han alterado los hábitos lectores, cultivando la incapacidad de enfrentarse con serenidad y profundidad a la práctica de la reflexión. Patrones previos que durante el último quinquenio han sido multiplicados por los nuevos dispositivos móviles y sus mínimas capacidades para la comunicación de contenidos, abundando estos últimos en los peores hábitos creados a partir de la red, y entre estos en especial, la impulsividad irreflexiva.

Pero más allá de delegar las capacidades de movilización y la actividad informativa sobre una siempre cambiante realidad tecnológica, el viejo soporte papel sigue detentando –además de su materialidad, que le impone buscarse una red de complicidades entre las realidades físicas y militantes para su difusión–, la capacidad de albergar y posibilitar la lectura también de largos textos, imprescindibles para el análisis o la denuncia en profundidad.

Por fortuna, existe una malla de proyectos comunicativos sobre papel –procedentes en origen de los ambientes contrainformativos de los 90–, con una apuesta explícita por la amplia difusión, y que insisten en acompañar y formar parte de las protestas en curso. Más por incapacidad que por expresa vocación y en relación directa con su periodicidad mensual, quincenal o semanal, practican un periodismo reflexivo que les aleja de la compulsividad y parquedad impuesta. A estas cabeceras, se añaden pequeños proyectos editoriales militantes en formato revista que diseccionan con hondura aspectos sectoriales de la realidad que, junto con pequeñas monografías en formato libro, completan el puzzle estable de la presente década.

Son este tipo de características, –compromiso manifiesto con el proyecto emancipatorio, distancia reflexiva y extensión suficiente para el análisis, junto con un soporte material y una red física y cómplice para su difusión–, las cualidades que se han de impulsar, en unos medios que han de aspirar a detentar una centralidad referencial en el marco de las protestas en curso. Y si esta centralidad les hace objeto de represión, esto no será más que la confirmación de la utilidad revolucionaria de su apuesta.

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