Alpinismo bisexual

“Aunque un bozo rizado tus
mejillas cubra
y bucles dorados te sombreen las sienes,
no te dejaré, querido mío;
que tu belleza es mía
a pesar de la barba naciente
y de los pelos”

Estrabón
 

Cuenta Homero en la Ilíada que durante los preámbulos del combate que enfrentaba a troyanos y aqueos sólo a los soldados más valerosos, a los que formaban el ejército personal de Aquiles, les estaba permitido dormir juntos en las noches previas al enfrentamiento. El resto del ejército descansaba en sus barcos mientras los bravos, los que con mayor precisión y potencia lanzaban la jabalina, los de la cabeza siempre erguida hasta en las más cruentas disputas, dormían juntos sobre pieles de leopardos, libando vinos mediterráneos. Así, en el fulgor del combate, con el olor todavía tibio del pecho del compañero, se defendían mejor los unos a los otros, peleaban con más ahínco para salvar a sus amantes del filo de la espada enemiga.

Después de muchas expediciones compartiendo tienda de campaña con otro tipo barbudo de pies especialmente fétidos, he tomado la determinación de superar los prejuicios y seguir los consejos de los clásicos. Apuesto y promuevo el alpinismo bisexual. Un nuevo concepto de actividad montañera en la que no hay espacio para las privaciones carnales y emocionales; sólo placer, placer sin límites.

Imaginar a ese tipo barbudo de pies olorosos no como el pesado que ocupa la mitad del espacio vital y llena todo de pelos sospechosamente rizados, sino como un tipo atractivo de complexión hercúlea y carácter suave, alguien con quien intimar, a quien acercarse cuando sopla la tempestad, alguien a quien coger la mano callosa cuando el sol se esconde entre los glaciares y sesga la nieve, estilizando las sombras de los picos. Ese tipo guarro, con agujeros en los calzoncillos largos y restos de comida en la barba, podría ser tu próxima Dulcinea. Y todo aniquilado, subyugado por el peso del inconsciente colectivo, por los tabúes de una sociedad que todavía carga con el peso de la cruz. Despejar nuestras mentes, tirar por el retrete los viejos mandamientos y abrir las puertas a la experiencia plena. Hemos llegado a comer huevos de gaviota cuando escaseaba el alimento en aquella remota costa de Alaska. Hemos fabricado utensilios eficaces sin materia prima evidente, perdidos en las tundras siberianas. ¿Por qué no hemos de aprovechar el cariño y las caderas del compañero? Digamos adiós a esas interminables partidas de ajedrez en el campamento base. Adiós a afilar compulsivamente los piolets hasta dejarlos como un cuchillo jamonero. Adiós a los estúpidos juegos grupales para entretener el tedio de los días de mal tiempo. A partir de ahora, no habrá que buscar pasatiempos. El placer está aquí, a la vuelta de la esquina. Sólo hay que saltar por encima del tabú y gozar de los compañeros en el paisaje incomparable de los prados alpinos. Hay que darle doble uso a cuerdas y músculos. Así, al despertar con el colega entre los brazos, con los restos de comida de su barba reposando en nuestro pecho, progresaremos con más tiento que ímpetu, agarraremos con más firmeza la cuerda, colocaremos mejor las protecciones y nos aferraremos con mayor seguridad a la roca. Ya no cuidamos la cordada, ahora protegemos el amor.

Escalaremos rutas de gran dificultad en apenas unas horas, flotaremos sobre aristas de nieve fresca como una pluma sacudida por la brisa y, al llegar a la cumbre, nos apremiaremos en busca del abrazo anhelado del amigo. Como Aquiles y Patroclo, en lo que Esquilo llamó "la sagrada comunión de los muslos", conseguiremos una cordada compenetrada en la dureza de la ascensión y el sentimentalismo del atardecer. Seremos espina y caricia. Alpinismo bisexual. //

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