Españolas, Franco ha vuelto

Tú estás tan tranquila, pensando que vives en una democracia, que tomas las decisiones sobre tu vida privada, tu cuerpo y tu sexualidad, que eres relativamente libre, y te levantas una mañana y resulta que no. Que un grupo de hombres a los que no conoces y a los que no has elegido, deciden que tienen la capacidad de decidir sobre lo que haces con tu vida y con tu cuerpo.

Y no te despiertas y es una pesadilla futurista. Es el anteproyecto de reforma de la ley del aborto.

La nueva ley que pretenden imponernos implica que si un día, después de mantener relaciones sexuales con quien te haya dado la gana, descubres que estás embarazada y, por la razón que sea, o porque no te da la gana, no quieres tenerlo, ellos te van a obligar a tenerlo. Implica que si después de decidir que quieres tener una criatura con tu pareja, o sola, o con quien te dé la gana, resulta que el bebé viene con graves patologías, ellos te van a obligar a tenerlo. Implica que si te quedas embarazada y no quieres tenerlo, ellos te van a obligar a tenerlo.

Con la nueva ley que pretenden imponernos, incluso si te ajustas a sus “supuestos” tendrás que pedirles permiso. Tendrás que demostrar que, si das a luz, tu vida está en peligro. O que lo está tu honra, que es casi lo mismo.
Sólo te dejarán abortar si estás en peligro de muerte o te han violado. En realidad sólo te dejarán abortar si demuestras que estás en peligro de muerte o que te han violado.

Eso significa que, si terminan imponiéndonos la reforma de la ley del aborto, ya no podremos decidir sobre nuestro cuerpo, nuestra vida y la maternidad. Porque decidir no tener un bebé que puede matarte o el bebé de quien te ha violado, no es decidir sobre tu vida o sobre tu cuerpo, es tratar de sobrevivir. Como hacen los animales.

Así, la reforma de la ley del aborto que quieren imponernos es acabar con el derecho al aborto. Que dicen ellos que no es un derecho, pero a ellos muy pocas cosas les parecen un derecho.

¿Y quiénes son ellos? Pues son los que creen que sus creencias se pueden imponer incluso a quienes no las comparten. Son la derecha de siempre. Quienes no tienen suficiente con aplicar su sistema moral represor a sus propias vidas, sino que necesitan imponérnoslo al resto. Quienes traducen las ideas del fundamentalismo religioso al lenguaje políticamente correcto, y nos sueltan que el aborto es “violencia de género” y se quedan tan anchos. Quienes saben lo que es mejor para nosotras, por encima o abiertamente en contra de lo que queramos nosotras. Quienes van a proteger a nuestros “hijos no nacidos”.

¿Y por qué ese interés por la vida de los “no nacidos”? Los no nacidos les importan una mierda. Como los sí nacidos. Si no les importamos cuando estamos en paro, con desnutrición infantil, en amenaza de desahucio o en otra situación de vulnerabilidad, cómo vamos a creernos semejante interés en protegernos, precisamente en el periodo que va entre el preciso instante en que Dios nos insufla la vida y el momento de salir del cuerpo de nuestra madre a la fuerza.

Sistema patriarcal

Lo que les importa es perpetuar este sistema de dominación patriarcal, en el que las mujeres somos cuidadoras gratuitas y satisfactoras de necesidades ajenas. Y contentas. Este sistema en el que a las mujeres nos dicen lo que tenemos que hacer. Los curas, los médicos, nuestro padre y nuestro marido. Como en los buenos viejos tiempos. Este sistema en el que nuestro cuerpo es un templo de Dios y del amo, y se lo ofrecemos al amo para que haga lo que quiera con él, y traemos al mundo los hijos que Dios nos quiera dar.

Detrás del anteproyecto de reforma de la ley del aborto hay un intento premeditado y descarado de devolvenos a las mujeres a “nuestro sitio”. A cuidar, a parir, a criar, a obedecer, a callar. De recordarnos que no somos nadie, si no servimos para algo. Que esta broma de creernos que éramos como ellos, ya se ha terminado. Que esto de trabajar y cobrar como ellos, tomar decisiones, disponer de nuestro cuerpo, hacer lo que queramos respecto al sexo, de entender la maternidad como una opción y no como un destino, se nos ha ido de las manos. Que nos han ofrecido un dedo y les hemos cogido el brazo.

Entonces, ellos han levantado el brazo derecho, con los dedos estirados, en ese gesto que han estado tanto tiempo disimulando, y nos han recordado que nunca se han marchado. Que quienes creen que Dios dicta lo que es adecuado, que la patria es más importante que los ciudadanos, que el rey puede seguir riéndose de sus lacayos, ésos, nos están gobernando.

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