El lenguaje de las habitaciones vacías

No quedan tan lejanas aquellas declaraciones de Paco “El Pocero” que invitaban a construir –nunca mejor dicho– la casa por el tejado: “en tres meses se quita el paro en mi país. ¿Cómo? Liberando el suelo mañana. Eso es lo que tienen que hacer”. O el entusiasmo de J. Mª Aznar proclamando a los cuatro vientos –con su característico “tonillo” desagradable– que España iba a construir 650.000 nuevas viviendas, “más que Francia y Alemania juntas”. Desde luego, su Ley de Suelo de 1998 ya anunciaba el camino. Estos y otros exabruptos más componen la –por así decirlo– voz en off de Casas para todos (If…productions, 2013), la última película del arqueólogo y documentalista Gereon Wetzel, después de pasearse por la festividad popular catalana con Castells (2006) y de adentrarse en las cocinas de Ferran Adrià en El Bulli: cooking in progress (2011).

En este caso, el aparato propagandístico del PP y los anuncios de las inmobiliarias conviven con una cadena de imágenes que rozan el absurdo y constituyen un fehaciente ejemplo de lo que es en realidad la marca España: gente sin casa. Casas sin gente. Entre estas imágenes, un autobús de autoescuela ahorrando combustible por las calles adyacentes a un solar desolado. Un grupo de militares haciendo prácticas entre edificios abandonados. Vigilantes de seguridad llevando a cabo interminables turnos de trabajo en urbanizaciones vacías. Ovejas que empiezan a pastar entre los cimientos de lo que un día fue un sueño, un proyecto de algo. Imágenes que, en definitiva, hacen una especie de arqueología del paisaje, mostrando la cara más cruda y estúpida del presente de un país dependiente y de una sociedad autorizada, que parece condenada a no alcanzar nunca la mayoría de edad. Valdebebas, Marina d’Or, Polaris World. Anuncios de ciudades de vacaciones con todas las comodidades del mundo: piscinas gigantes, supermercados y costosas reproducciones de la Torre Eiffel. La decadencia de occidente, diría Spengler, ni más ni menos.

Más grabaciones de fondo acompañan este no-relato, pongamos por caso una salida de tono de Ana Botella diciendo que por suerte tenemos a los inmigrantes trabajando en la construcción en los puestos que nadie quiere –sin duda, no parece ser la mejor manera de llegar a la emancipación, pero es toda una declaración de intenciones–. O el cinismo de Isidre Fainé, asegurando que la casa de uno, al fin y al cabo, siempre tendrá un valor. Pero mucha gente sabe que cuando se habla del fenómeno de la burbuja inmobiliaria en nuestro país, sobran las palabras. Por eso Wetzel escoge una narración casi exenta de lenguaje, porque ante una realidad surreal, no hay lugar para demasiadas explicaciones. Por eso también apuesta por una mirada parcial al fenómeno. Porque la propia arqueología del paisaje, las mismas secuencias, las mismas imágenes de la desolación invitan a la reflexión y al pensamiento crítico. Como dijo el propio Wetzel en la presentación de Casas para todos en el festival Nonfictionale que tuvo lugar en Bad Aibling (Baviera): “Esta no es una película para sentirse bien. Más bien demanda algo más al espectador”. Algo que se escapa de las narraciones y de lo ideológico, y que seguramente apunta hacia el sentido común del hombre y su medio, o sencillamente a la crisis de la civilización. Cada uno será capaz de sacar sus propias conclusiones. La lucidez de la cita de Charles Mackay al final de los 58 minutos que dura la película es uno de los caminos posibles.

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